Hola docente,
En mi primer año trabajando me llegó un curso de grado medio. Era un grupo bastante dispar.
Al principio todo les parecía de risa. Cualquier cosa que planteaba acababa en cachondeo.
Yo no pintaba nada. Los amos de la clase eran ellos.
Fue bastante complejo. Y con los primeros exámenes en el horizonte tenía un problema muy concreto: llegar a ellos con la materia más o menos preparada. Con aquel clima no había forma.
Lo que hice no tiene nombre de metodología. Me tocó hacer mucha terapia de escucha activa.
Recuerdo una de esas conversaciones. Hablando con un alumno, le pregunté: “Pero realmente, ¿por qué estás aquí?”
Su respuesta fue clara: “Porque me obligan a estar aquí. Yo no quiero estar aquí. Simplemente es el mejor sitio en el que puedo estar ahora. O eso, o trabajar en la obra”.
Ahí fue cuando entendí que realmente eran unos chavales que simplemente querían pasar el tiempo en un sitio rodeado de sus colegas.
A partir de ahí hablé mucho con el alumnado y les pregunté tres cosas: qué les pasaba, qué querían y qué pensaban. Luego intenté entender lo que me contaban, sin más.
Gracias a todas esas conversaciones, la clase pasó de estar bastante rebotada a ser manejable.
No fue magia ni una charla motivacional. Fueron muchas conversaciones.
De esas charlas comprendí que muchos de los chavales de un grupo difícil arrastran problemas que no caben en tu horario. Y a veces lo único que buscan es que alguien los escuche.
El ruido en clase suele llevar un mensaje dentro. Si solo respondes al ruido, entras en una guerra que no se gana. Si respondes al mensaje, el conflicto cambia de sitio: sale del aula, que es su escenario, y se convierte en una conversación.
Ahora bien, escuchar no es dar la razón ni negociar las normas. Es otra herramienta, y como cualquier herramienta tiene un buen uso:
Fuera del escenario. Con 25 alumnos de público, nadie se abre. Las conversaciones que sirven son individuales o en grupos muy pequeños.
Preguntar y callarse. Qué te pasa, qué quieres, qué piensas. Haces la pregunta y aguantas el silencio.
Devolver lo que has entendido antes de contestar. “Si te he entendido bien, lo que te pasa es…” Así compruebas que has escuchado de verdad, y el alumno lo nota.
Escuchar no mueve las normas. Puedes entender por qué alguien llega como llega y mantener lo que se exige en clase. Lo uno no quita lo otro.
Constancia. No basta con una conversación. Hay que hablar mucho y repetirlo.
Pero eso no soluciona lo que está fuera de tu alcance. Llegaron los primeros exámenes y, como era de esperar, no eran los alumnos más brillantes del lugar.
Con los primeros suspensos acabaron abandonando el ciclo.
Eso no quita el trabajo que hicimos antes. Pasaron de ser alumnos problemáticos que daban mucha guerra en clase a ser alumnos con los que se podía trabajar. Aun así, les costaba mucho y les quedaba mucho trabajo por hacer.
Esa es la lección honesta. Escuchar reconduce un grupo, pero no hace el trabajo académico por ellos. Son dos problemas distintos y cada uno necesita su herramienta. Si esperas que la escucha lo arregle todo, te frustrarás. Si la usas para lo que sirve, recuperas una clase con la que puedes trabajar, y eso no es poco.
Para el lunes
Piensa en los dos o tres alumnos que más ruido hacen en tu grupo más complicado. Busca cinco minutos fuera del aula con cada uno y hazle una sola pregunta: “¿Por qué estás aquí, realmente?”
No respondas, no corrijas y no sermonees. Escucha y apunta lo que te digan.
Con eso no vas a reconducir el grupo en una semana. Pero empiezas a saber con quién estás hablando.
¿Tienes ahora mismo un grupo torcido? Responde a este correo y cuéntamelo. Leo todas las respuestas.
Nos leemos el domingo a las 08:08. Un abrazo,
Ginés
P.D. Escuchar a un chaval es una cosa, y escribir a su familia cuando las cosas se tuercen es otra. “Porque me obligan a estar aquí” no es una falta de respeto. Es información. Lo que hagas con ella ya depende de ti.

